En
treinta años aprendí que era verdad aquello de “llegar a grande”, aunque
todavía no se para qué todos te preguntan: ¿Qué querés ser cuando seas grande?
Si el “ser” no te lo regala un título ni mucho menos la actividad a la que te
dediques. También pude comprobar lo que una sabia maestra me dijo una vez:
“cuando uno llega a ser adulto se olvida de muchas cosas, inclusive de lo
hermoso que es ser niño, las responsabilidades no son fáciles de llevar…”
Generalmente
nos olvidamos de las sencillas maneras de disfrutar la vida, nos alejamos de
las pequeñas situaciones que nos satisfacen las ganas de de ser grandes. ¿Te
acordás de esa sensación cuando te regalaban un chocolate de esos pesados con
papel dorado? O cuando te quedabas horas y horas acostado en el césped viendo
las estrellas, esperando que cayera una…
En
treinta años aprendí que ese té de yuyos que hacía mi abuela todos los días,
que era bueno para todos los males lo tienen los componentes de la hepatalgina,
claro que sin el calor de la taza de metal y la dulzura de la nona al evitarnos
los dolores.
Aprendí
que eso de “cada cuál cosecha lo que siembra” también es cierto aunque no
siempre depende de la calidad de la semilla, el entorno es parte fundamental de
las relaciones que entablamos y la adversidad, las pruebas que debemos superar.
Pareciera que todo lo que hacemos es circunstancial y se desvanece con el
tiempo, sin embargo lo que no vemos es que debajo de la tierra, la semilla está
desarrollándose muy lento y luego dará sus frutos.
En
treinta años supe que mis padres fueron los pilares que me ayudaron a crecer,
con aciertos y errores, ellos me dieron la libertad de optar siempre que no
olvidara los valores. Si bien de niña no tenía idea que eran esos “valores” hoy,
que ya están casi extintos los reconozco y agradezco enormemente. Tuve otros
pilares, esos que a veces uno elige o tiene la suerte que se crucen en la vida.
Tuve una madrina que además de tía fue y sigue siendo mi amiga del alma. Si algún
día encuentro a alguien con tanta fortaleza tendré que dudar si existo. Tuve
una maestra que me enseñó algo más que matemática, lengua y ciencias, me dio un
libro de vida con cada segundo de su enseñanza que dedicó a sus niños, esos que
todavía no eran adultos.
Tuve
amigos que estuvieron por épocas: los de los doce, los del secundario, los de
la ciudad, los que se volvieron al pueblo, los que cada tanto encuentro por ahí,
los que hace años siguen regando la amistad.
Aprendí
que es bueno ceder en esto de la amistad, en la convivencia (con quien sea que
vivas) en el trabajo, en la naturaleza…Ceder que no es lo mismo que rendirse. Debo
ser paciente tanto para esperar el logro de lo que anhelo como para comprender
a quién necesita de mí. Todo va y vuelve…
Aprendí
que las tentaciones no son como las ganas de robar un chocolate del quiosco de
mi abuelo, ahora el dinero, la ambición, el poder, la envidia nos llevan de la
mano sin darnos cuenta y pasamos del deseo a la tentación descontrolada sin
vuelta atrás.
Y del
amor... cuánto se aprende y cuántas veces volvemos a cometer errores. Si algo
tengo claro es que solo con el tiempo se llega a conocer el amor, el
enamoramiento que es tan bello y cosquilloso dura solo un tiempo, luego de eso
aparecen los defectos y las virtudes verdaderas que si se aceptan y negocian
allí entra en juego el amor, sino tal vez solo sea algo pasajero que también es
válido para seguir aprendiendo.
Lo
que me resta aprender… será en los próximos treinta años cuando entonces pueda
transmitir lo aprendido a mis hijos y nietos… y por qué no a algún hijo de la
vida que anda por ahí “coleccionando” experiencias.